El pasado día 1 de marzo de 2013 hemos presentado un montaje titulado “Blackbird”, basado en música de The Beatles, al Certamen de Danza de la Comunidad de Madrid (próximamente ofreceremos un vídeo de la representación y desvelaremos más detalles de su historia).

Si tenéis la paciencia de leer todo el texto hasta el final puede que lleguéis conmigo a una conclusión: lo más importante no es ni el proceso y ni el resultado al llevar adelante una actividad artística, sino que si te lo tomas en serio te puede convertir en alguien mejor.

El día comenzó muy pronto: a las 8:10 de la mañana ya estábamos en el instituto para cargar el coche en el que nos íbamos a llevar el material que necesitábamos para la actuación. Varios de los alumnos me ayudaron a portearlos, mientras el resto se iban al gimnasio del instituto a calentar para el último ensayo general.

Cuando llegué al gimnasio estaba todo el mundo ejercitándose (lo que en esta época del año es normal a las 8:30 de la mañana, incluso imprescindible): unos calentaban para bailar, y otros calentaban la lengua hablando sin parar. Sin embargo, con decir “empezamos” fue suficiente para que todo el mundo se recolocase en su posición de partida para que, tras comenzar la música, empezara el ensayo.

Fue raro: parecía un partido amistoso, porque nadie arriesgaba un paso para no lesionarse. Aún así, nos permitió pulir algunos detalles importantes y dar las últimas instrucciones. Y después todo el mundo a maquillarse y cambiarse la ropa, que el autobús no espera.

Antes de salir con el coche con Cristian, Irene y Naima (a los que había engañado para que “me ayudasen” con la carga), varios compañeros profesores y del personal del centro nos desearon suerte; pues sería para la actuación, porque para llegar a Madrid pillamos todos los atascos habidos y por haber. Así que, después de todo, ni siquiera llegamos a tiempo para descargar el material y prepararlo antes de que comenzase la primera actuación.

Cuando llegaron los demás en el autobús aún no habíamos empezado a preparar nada, así que todo el mundo se dio los últimos retoques y se puso a calentar cuando por fin pudimos acceder al escenario y comenzamos a colocar todo. Mientras montábamos los cables fijaban las posiciones los muchachos de los otros centros que iban a actuar. Contar lo que pasó ahí atrás es complicado pero se resume en prisas, estrés, y algún que otro exabrupto, entre otras anécdotas.

Mientras tanto, Jessica, una vez que ya habían dejado el escenario los alumnos de los demás centros, coordinaba tranquilamente el ensayo de las posiciones de nuestros chicos y chicas para la actuación. Cuando por fin parecía que todo estaba listo, me tocó salir a hacer una presentación de la actuación: en ella me anticipé, sin saberlo, a lo que pasaría un rato después, al explicar brevemente la importancia del arte en la formación del ser humano para desarrollar capacidades tan importantes como el trabajo en equipo, el compañerismo, el respeto por el trabajo de los demás, etc..

Una vez que aclaramos, después de unos incómodos segundos de espera, cómo puñetas se abría el telón, comenzó la actuación con el arpegio inicial de “She’s leaving home”. Y todos los nervios anteriores … no sé si desaparecieron, pero ahí detrás del escenario todo era tensión: “no, salid por la caja 3ª”, “contraorden, por la 2ª”, “déjame pasar que no quepo por detrás del escenario”, “quita, que voy a poner a funcionar el humo” … Y cuando comenzaba Blackbird y se acopló el micro… ¡fantástico!, al mirar a Natalia y a Nuria para decirles que no se pusiesen tan cerca del altavoz, se me cayó uno de los auriculares; ¡ya hemos empezado, y no me quedan manos para colocarlo otra vez!.  Pues nada, que no oigo el metrónomo, así que seguimos “palante”, sin cinturón de seguridad.

A pesar de todo, cantaron de maravilla (menos Mario, que no “cantó” de maravilla afortunadamente, sino que tocó bien), y todos y cada uno de los números … me dijeron que había salido muy bien, porque con tanto rollo detrás del escenario yo no había visto nada.

Después de la actuación y el saludo, con sus correspondientes aplausos, todos a las butacas, y nos quedamos Irene y yo recogiendo cables para que no se tropezasen durante las siguientes actuaciones. Todo transcurrió con normalidad.

Hasta que al 3º grupo de danza, durante la actuación, por un problema técnico, se le paró la música. Y siguieron bailando como podían los que estaban en el escenario ante la mirada sorprendida de los que estaban entre bambalinas y no sabían si entrar, no entrar, parar o continuar. Serían 10 ó 15 segundos, pero se hicieron eternos.

De pronto se oyó un grito entre el público “ánimo chicos” y un aplauso, y a continuación comenzamos a escuchar desde detrás del escenario que la platea estaba cantando la canción que no sonaba por los altavoces, para que se pudiese terminar la actuación.

No se oyeron risas, ni silbidos, ni expresiones de desaprobación o queja, solamente eso, voces de chicos cantando para apoyar y ayudar a los que lo estaban pasando mal en el escenario.

Cuando terminó la repetición de la actuación, esta vez sin problemas de sonido, y salí a la zona de butacas, tras hablar con Clara y Magdalena, las representantes de la Dirección General de Calidad de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid me felicitaron por la actitud de “nuestros chicos”; en ese momento fui consciente de que habían sido los alumnos del Rayuela quienes habían tenido esta actitud tan ejemplar.

Llegados a este punto, el resto de la jornada, incluso toda la historia anterior probablemente se convierta en una mera anécdota ante algo más importante: no es el proceso de montar una actuación ni el propio resultado de la actuación lo fundamental, ni los aplausos, ni los triunfos o los fracasos.

Lo más importante son los valores que a través del arte se desarrollan en las personas, y que nuestros alumnos este día demostraron no solo sobre el escenario, sino como espectadores, como personas que aman el arte, la cultura, y que respetan el trabajo de los demás.

El próximo lunes, volverán las clases y los trabajos, el estudio y los nervios porque “no sabemos cómo nos ha salido tal o cual examen”. Y para mi los papeleos, los proyectos, las clases, y, también, las broncas a unos y otros, porque casi ningún día suele ser perfecto y para eso también me pagan.

Pero no creo que olvide este 1 de marzo de 2013 en el Certamen de Danza de la Comunidad de Madrid fácilmente,  porque no es la primera vez y seguro que no será la última, pero sin duda alguna ha sido una de las ocasiones en las que más orgulloso me he sentido de ser profesor, de ser especialista en música, de dirigir un proyecto artístico en el instituto, y de ser Director del IES Rayuela de Móstoles.

Daniel Río Prieto